WeD&Days

Contrarreloj con obstáculos

Después de esa terrible emboscada en la que nos metimos y de la que la hermana Eli intentó avisarnos (aunque demasiado tarde) cada vez nos queda menos tiempo para poder detener a Kararel.

Creo que tanto tiempo encerrados en este dungeon nos está afectando. No es que le tenga especial aprecio a estos seres que me acompañan, pero no dejo de observar cambios bruscos en ellos: Nuestra clériga está cada vez más belicosa y más predispuesta al enfrentamiento (aunque sigue paseándose con esa vestimenta tan poco apropiada para la misión), el draconido no deja de intentar chupar el limo de las paredes de la cueva (puede que estar tantas veces al borde de la muerte le haya afectado), el mago sufre extraños trastornos de personalidad (pero sigue muy interesado en la cerveza) y bueno… mi puntería ya no es la que era; necesito volver a los bosques. El enano parece ser el que mejor resiste esta misión, aunque no me agrade reconocerlo.

Con nuestra ya usual temeridad, decidimos entrar en una sala precedida por unas llamativas puertas grandes, en vez de tomar un pequeño pasillo a la derecha de las mismas. En esa sala todo era quietud, pero había extrañas estatuas esparcidas por la sala. Rápidamente Belgaroth nos confirmó que estaban imbuidas de magia, algo evidente, pero en fin. Después de perder un tiempo precioso discutiendo sobre qué hacer en la puerta, decidí arriesgarme a entrar primero y descubrir que haría esa condenada estatua gigante con una espada enorme colocada justo frente a la puerta.

Y lo descubrí. Casi me abre la cabeza con esa dichosa espada.

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He de decir en favor de mis compañeros que se esfuerzan por intentar que todos lleguemos vivos porque reaccionaron bastante rápido al ataque de la estatua y cargaron todos contra ella… y también sufrieron bajo la hoja de la espada gigante. Al otro lado de la habitación había unas estatuas de unos querubines, que pensé que serían inofensivas, hacia las que me dirigí en busca de una posible escapatoria. Sin embargo, esos querubines me dejaron encerrada en medio de ellos y empezaron a arrojar agua al espacio en el que yo había quedado atrapada.

Afortunadamente la estatua gigante no era tan dura como parecía y pronto mis compañeros se libraron de ella y atacaron a los querubines que yo misma llevaba un rato intentando romper para no ahogarme. Mientras intentaban romperlos, otras estatuas de dragones en las que apenas habíamos reparado, comenzaron a arrojarles bulas de fuego a Sistrachan y a Thorbideoh cada vez que conseguían golpear a un querubín. Como el agua subía preocupantemente, decidí curiosear los basamentos de las estatuas en busca de algún mecanismo que para el flujo de agua. Pero solo empeoró la situación: No sé si lo activé yo misma o saltó para proteger el mecanismo que encontré, pero una especie de torbellino empezó a sacudir el agua impidiéndome hacer cualquier cosa.

Finalmente, cuando mis cuatro compañeros destrozaron las estatuas, cayó la pared invisible que me tenía encerrada quedando el camino despejado hacia otra puerta de la que salían sonidos extraños y un putrefacto olor. Pero no es momento de andarse con remilgos, a pesar de las náuseas que me entraron.

Nos tomamos unos momentos para restablecernos un poco y recuperar el resuello antes de atravesar esa puerta, que encerraba a un montón de muertos vivientes. A un lado de la misma, el enano, estuvo reteniendo a los que intentaban acercársenos, al otro, el draconido aguantó una buena paliza de un enjambre de muertos vivientes que lo dejaron inmovilizado, aturdido, ralentizado e inconsciente finalmente. Todos mis esfuerzos, junto con los de la hermana y el mago, iban dirigidos a intentar ayudar a Sistrachan, pero había un adversario especialmente duro con el que no podíamos acabar. Belgaroth empezó a pensar que tendríamos que hacer algo más si queríamos salvar al paladín, ya que la ayuda de Elimuth no parecía ser suficiente para librarlo de todos los daños recibidos, así que ambos ejecutaron vario hechizos que alcanzaron a varios contrincantes. Elimuth incuso consiguió dejarlos paralizados durante un tiempo que nos sirvió para reanimar al paladín, que volvió a la carga rápidamente.

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Después de acabar con tanto muerto apestoso al borde de la putrefacción, volvimos a remendar algunas de nuestras heridas y, sin inspeccionar demasiado la sala, decidimos subir unas escaleras que conducían a otra puerta más por la que escapó un pequeño elemental volador que también intentó atacarnos.

Nuestro estado no es muy halagüeño. Ya nonos quedan pociones y nuestros heridos cuerpos necesitan un buen descanso para volver al cien por cien de nuestra capacidad. Pero tenemos un objetivo demasiado importante para que el dolor o el cansancio nos frenen. Tenemos que parar la apertura de esa brecha cueste lo que cueste, sin importar lo que nos cueste porque si no lo conseguimos nosotros, el mundo tal y como lo conocemos cambiará para siempre.

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