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De cómo los aventureros salieron de la fortaleza Kobold...

...y se metieron en mas problemas

Tras bajar las escaleras los héroes se tomaron un descanso en una enorme cueva.

Una pesada respiración los despertó de su sueño y poniendo en práctica sus fantásticas habilidades perceptivas, solo superadas por los gatos de escayola mejor pulidos, consiguieron darse cuenta de que a pocos metros de donde se encontraban había un dragón.

Al estar el suelo helado, nuestros aventureros resbalaban sin parar haciendo que, para un observador externo, pudiese parecer que luchaban contra el mismo suelo dada la vehemencia con la que se lanzaban contra él.

Finalmente el dragón que posiblemente fuese familia de Sisstrashan, dado el paupérrimo nivel de su estilo de lucha, fue derrotado y el grupo consiguió hacerse con su botín, una magnifica espada bebevidas que el enano no dudó en adjudicarse. Sin embargo, no todo lo encontrado entre los despojos fue del agrado de los aventureros. Allí había un documento dirigido al dragón, por el que descubrieron que se llamaba Szartharrax. En la carta se instaba a este a prestar sus violentos instintos a una causa superior orquestada por un señor de la guerra goblin, de nombre Diente de Hierro, contra los habitantes de Refugio Invernal.

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Volvieron al pueblo en donde fueron recompensados y de allí, animados por el Barón Stockmer se dirigieron a Refugio Invernal.

Por el camino, los aventureros fueron asaltados por un grupo de kobols, pero salvo algún rasguño, la lucha no tuvo mayor repercusión.

Una vez en su destino, un pequeño pueblucho de no más de 1000 almas, se dirigieron con premura a la casa del Lord local, cual fue la sorpresa de nuestros aventureros cuando uno de los asistentes del Lord les dijo que podrían encontrar a este, probablemente tomando un “piquislabis” en la taberna.

Allí encontraron a Lord Padraig quien tomo nota de sus advertencias y les ofrecio un mapa donde él pensaba que las amenazantes criaturas podrían tener su base de operaciones. Además se ofreció a pagarles unas modestas 100 monedas de oro, pues al ser un pueblo pequeño, la recaudación no daba para más. Ante la cara de desprecio de los aventureros, el Lord les recordó que también podrían quedarse con todo el botín que encontraran.

Mientras que algunos compañeros atendían a las negociaciones con el Lord, Belgaroth y Thorbideoh no concebían otro modo de pasar la noche que no fuese en un coma etílico, y no se sabe bien si por la desinhibición provocada por el alcohol, o por las ganas de los locales de darle la brasa al incauto visitante, supieron de un historiador que podría estar en problemas en un viejo enterramiento de dragón cerca del pueblo.

Sin dudar los héroes se ofrecieron a rescatar al pobre hombre y se pusieron en marcha.
A la mañana siguiente, y de camino a la tumba del dragón, fueron de nuevo asaltados por otra partida de kobols esta vez mejor organizados que en el último encuentro. En cualquier caso, y tras llevarse algunos palos, el grupo consiguió una vez más salir airoso del contratiempo.

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Una vez llegados al lugar vieron a un humanoide de escasas dimensiones revolviendo los huesos protegido por sus dos dracos guardianes (que la extraordinaria vista de Sisstrashan confundió con libélulas). Los héroes no desconfiaron un segundo de las intenciones del individuo, que con pocas palabras se los trajinó para que se acercaran e echar un vistazo, y tenderles una emboscada. Esto cogió a los pardillos totalmente por sorpresa, y con las guardia baja empezaron a recibir una nutrida manta de palos.

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Los aventureros tuvieron, una vez más, que luchar por sus vidas. No hicieron un papel tan ridículo como de costumbre y lograron derrotar a la mayoría de los enemigos, hacerse con el botín y rescatar al historiador que había sido hecho prisionero.

Se quedaron con las posesiones de los saqueadores y notaron que entre ellas se encontraba un extraño objeto que parecía antiguo, una cajita con un espejo. Sin dudar lo llevaron al historiador que, agradecido tras ser liberado, intentó identificarlo… pero sin éxito.

El historiador se sentía en deuda con el grupo que le había devuelto su libertad y tras sustraer la foto de su esposa, les obsequio con un amuleto mágico que protege a su portador.

Viendo que se les echaba la noche encima, decidieron montar el campamento y echar una cabezadita antes de dirigirse a la base de operaciones de los malhechores.

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