WeD&Days

Contrarreloj con obstáculos

Después de esa terrible emboscada en la que nos metimos y de la que la hermana Eli intentó avisarnos (aunque demasiado tarde) cada vez nos queda menos tiempo para poder detener a Kararel.

Creo que tanto tiempo encerrados en este dungeon nos está afectando. No es que le tenga especial aprecio a estos seres que me acompañan, pero no dejo de observar cambios bruscos en ellos: Nuestra clériga está cada vez más belicosa y más predispuesta al enfrentamiento (aunque sigue paseándose con esa vestimenta tan poco apropiada para la misión), el draconido no deja de intentar chupar el limo de las paredes de la cueva (puede que estar tantas veces al borde de la muerte le haya afectado), el mago sufre extraños trastornos de personalidad (pero sigue muy interesado en la cerveza) y bueno… mi puntería ya no es la que era; necesito volver a los bosques. El enano parece ser el que mejor resiste esta misión, aunque no me agrade reconocerlo.

Con nuestra ya usual temeridad, decidimos entrar en una sala precedida por unas llamativas puertas grandes, en vez de tomar un pequeño pasillo a la derecha de las mismas. En esa sala todo era quietud, pero había extrañas estatuas esparcidas por la sala. Rápidamente Belgaroth nos confirmó que estaban imbuidas de magia, algo evidente, pero en fin. Después de perder un tiempo precioso discutiendo sobre qué hacer en la puerta, decidí arriesgarme a entrar primero y descubrir que haría esa condenada estatua gigante con una espada enorme colocada justo frente a la puerta.

Y lo descubrí. Casi me abre la cabeza con esa dichosa espada.

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He de decir en favor de mis compañeros que se esfuerzan por intentar que todos lleguemos vivos porque reaccionaron bastante rápido al ataque de la estatua y cargaron todos contra ella… y también sufrieron bajo la hoja de la espada gigante. Al otro lado de la habitación había unas estatuas de unos querubines, que pensé que serían inofensivas, hacia las que me dirigí en busca de una posible escapatoria. Sin embargo, esos querubines me dejaron encerrada en medio de ellos y empezaron a arrojar agua al espacio en el que yo había quedado atrapada.

Afortunadamente la estatua gigante no era tan dura como parecía y pronto mis compañeros se libraron de ella y atacaron a los querubines que yo misma llevaba un rato intentando romper para no ahogarme. Mientras intentaban romperlos, otras estatuas de dragones en las que apenas habíamos reparado, comenzaron a arrojarles bulas de fuego a Sistrachan y a Thorbideoh cada vez que conseguían golpear a un querubín. Como el agua subía preocupantemente, decidí curiosear los basamentos de las estatuas en busca de algún mecanismo que para el flujo de agua. Pero solo empeoró la situación: No sé si lo activé yo misma o saltó para proteger el mecanismo que encontré, pero una especie de torbellino empezó a sacudir el agua impidiéndome hacer cualquier cosa.

Finalmente, cuando mis cuatro compañeros destrozaron las estatuas, cayó la pared invisible que me tenía encerrada quedando el camino despejado hacia otra puerta de la que salían sonidos extraños y un putrefacto olor. Pero no es momento de andarse con remilgos, a pesar de las náuseas que me entraron.

Nos tomamos unos momentos para restablecernos un poco y recuperar el resuello antes de atravesar esa puerta, que encerraba a un montón de muertos vivientes. A un lado de la misma, el enano, estuvo reteniendo a los que intentaban acercársenos, al otro, el draconido aguantó una buena paliza de un enjambre de muertos vivientes que lo dejaron inmovilizado, aturdido, ralentizado e inconsciente finalmente. Todos mis esfuerzos, junto con los de la hermana y el mago, iban dirigidos a intentar ayudar a Sistrachan, pero había un adversario especialmente duro con el que no podíamos acabar. Belgaroth empezó a pensar que tendríamos que hacer algo más si queríamos salvar al paladín, ya que la ayuda de Elimuth no parecía ser suficiente para librarlo de todos los daños recibidos, así que ambos ejecutaron vario hechizos que alcanzaron a varios contrincantes. Elimuth incuso consiguió dejarlos paralizados durante un tiempo que nos sirvió para reanimar al paladín, que volvió a la carga rápidamente.

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Después de acabar con tanto muerto apestoso al borde de la putrefacción, volvimos a remendar algunas de nuestras heridas y, sin inspeccionar demasiado la sala, decidimos subir unas escaleras que conducían a otra puerta más por la que escapó un pequeño elemental volador que también intentó atacarnos.

Nuestro estado no es muy halagüeño. Ya nonos quedan pociones y nuestros heridos cuerpos necesitan un buen descanso para volver al cien por cien de nuestra capacidad. Pero tenemos un objetivo demasiado importante para que el dolor o el cansancio nos frenen. Tenemos que parar la apertura de esa brecha cueste lo que cueste, sin importar lo que nos cueste porque si no lo conseguimos nosotros, el mundo tal y como lo conocemos cambiará para siempre.

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El mago redivivo

Abro los ojos y distingo sobre mí la beatífica faz de la hermana Elimut. Ya no siento esa opresión en la sien, de cuando el golpe del mago adversario me hundió el parietal izquierdo, mi último recuerdo es la curva descrita por su cayado.

Y vuelvo a experimentarlo, un cambio sutil en mi esencia, una transformación de mi carácter con cada retorno de la muerte. No puedo compartirlo con mis compañeros, no lo entenderían. No entenderían que un mago no lee de su grimorio todos los días para aferrarse a unos míseros conjuros, sino para no olvidar quién es. En una existencia imbuida de magia – “¿existirán otros mundos en que la magia no se inmiscuya con las criaturas, o esté del todo ausente? ¿Quién lo sabe?” – la identidad se lava como los minerales, la ganga de la individualidad se esfuma y acaba por perfilarse la mena, la esencia debida a algún dios o a la simpatía universal.

Me recompongo, limpio las manchas de sangre de mi rostro y mis manos, reconozco con esfuerzo al enano, la elfa, el dracónido y la clériga, trato de acostumbrarme al desfase, de aparentar que sigo siendo yo, Belgaroth el mago; me interpreto a mí mismo según lo que ellos creen conocer de mí, no quiero dejar de resultarles familiar. En las ocasiones anteriores, he recurrido al vino para sobrellevarlo. ¿Tendré ahora la fuerza de voluntad para arrostrar esta experiencia con la mente despejada de nieblas alcohólicas y el pulso firme? Debería de ser capaz, puesto que la inconsciencia ha sido lo que nos ha reportado la calamidad más reciente: regresar a la fortaleza y pretender acceder sin contratiempos diciendo la contraseña, como si los ocupantes fuesen a permanecer ajenos a la escabechina que realizáramos anteriormente, fue un acto necio y nos precipitó en una encerrona. Afortunadamente, la hermana Elimut nos alertó en el último momento haciendo gala de sus capacidades empáticas, y luego de una cruenta e interminable lucha pudimos acabar con lo que al parecer era el resto y a la par más temible parte de la guarnición del detestable Karalel.

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“En cuanto nos hayamos restablecido, daremos cuenta de ese insensato, y sus huesos calcinados marcarán el lugar donde se estrellaron sus pretensiones” – Animo al grupo. Y, trazando en el aire un sigilo poderoso por más que popular, lo nombro: – “Viva-el-Betis…”

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A trancas y barrancas

Y a continuación se puede leer el relato de aquello que los aventureros, después de muchas batallas, consiguieron recordar. Porque aunque hábiles con las armas eran, no tanto así con la pluma. Y muchas de sus acciones más trepidantes han quedado olvidadas en lo más profundo de aquella decrépita fortaleza. Además, seguro que todos esos golpes en la cabeza han borrado alguna memoria que otra. Y cuando no se trata de la amnesia se trata de pasajes no agradables de recordar. Como cuando Thorbideoh dijo: “¡¡AAAaagh!! Aquellas apestosas y repugnantes criaturas reptilianas. No me las recuerdes Sisstrachán… ¿Por qué me miras así…?”

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Y por muchas horas más los héroes continuaron su empresa. Tras deambular por la fortaleza subterránea durante un par de horas llegaron a lo que parecía ser una cripta. Un revoltijo de pasillos se abría a diestro y siniestro en lo que parecía ser un laberinto infectado de criaturas inertes… pero no inanimadas. Afortunadamente para la compañía, la devoción de la hermana Elimut, y la fe de Sisstrachán les obsequio con energías divinas que canalizaban hacia el ser maligno de los zombies, dejándolos por fin en eterno descanso.

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El resultado del amasijo de corredores les llevó a una habitación con sarcófagos de piedra. Al fondo se vislumbraba una puerta, también pétrea. Cuando los aventureros atravesaron la estancia, una legión de esqueletos les salió al paso, agarrando varios de ellos al infortunado Sisstrachán. Maliforae, en la que era su peor tarde intentó ayudar al dracónido, no haciendo otra cosa que clavar sus flechas en las escamas de este.
Al final, la contienda se resolvió cuando descubrieron que al fondo de la habitación esta se ensanchaba a ambos lados, dejando al descubierto un par de altares con inscripciones en dracónido. Y es que entonces a uno de los aventureros, vete tú a saber quién fue, se le ocurrió hincar las rodillas y suplicar a la divinidad pertinente que por favor dejara de enviarle más esqueletos del inframundo y lo dejara tener un poco de paz.

Pero la paz no duró mucho, pues más allá de la puerta de piedra descubrieron a una siniestra criatura. Nada más y nada menos que al espíritu de Sir Keegan que todavía habitaba los restos de su esquelético cuerpo enfundado en una armadura completa. Afortunadamente el espíritu sintió la bondad de los aventureros tras someterlos a algunas pruebas verbales. Al final, hasta les obsequio con la espada Aecris como ayuda para su misión, no sin antes soltarles una buena chapa en la que descubrieron la historia de la fortaleza y como fue destruida cuando el alma de Sir Keegan se corrompió y traicionó, además de rebanar el cuello, a todo aquel que le rodeaba.

Pocas opciones les quedaban por explorar cuando descubrieron un camino que se adentraba mas aun en el subsuelo. Lo que parecía un nuevo nivel comenzaba por una habitación custodiada por Hobgoblins. Este tipo de criaturas, el que las conoce bien, es sabedor de su elevada inteligencia que los distingue de otros goblinoides. Al detectar la entrada de los aventureros no entraron en cólera y con aparente tranquilidad preguntaron a los heroes por el santo y seña.

Sisstrachán debió confiar es su fe divina para que tal vez iluminara su mente con la contraseña, y lo primero que se le ocurrio fue: “Comerme la polla” a lo que los guardias respondieron desenfundando sus armas.

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La escaramuza duró lo suyo, y los incursores recibieron palos hasta en el cielo de la boca, por lo que a pesar de terminar la lucha exitosamente decidieron retirarse para poder luchar otro día. Las heridas eran múltiples y serias. Volver a Refugio Invernal y pedir asilo era su única opción.

Pero cuando llegaron al lugar, Lord Padraig les había chapado el pueblo. Les advirtió que no les dejaría pasar hasta que el mal se hubiera ido. El mal se trataba de docenas de muertos vivientes que cobraban vida en el cementerio.

Los aventureros, bastante disgustados con el Lord de dispusieron a terminar con la amenaza y se internaron en el cementerio. Allí además de encontrase con los susodichos fiambres en mal estado se encontraron con dos viejos conocidos: la elfa chunga de la taberna, y el mediano del cementerio de dragones. Una vez más, y no sería la última se liaron a ostiazos mandando al más allá tanto a los cadáveres inquietos como a la elfa y al mediano que parecían ser los responsables de aquella alteración al orden público en los alrededores de Refugio Invernal.

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Entre los restos de los perdedores solo encontraron algunas monedas de oro y el siguiente pergamino:

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Ahora los aventureros han reposado unas horas y remendado sus heridas, y están listos para volver a la fortaleza y darle lo suyo al malvado Kalarel.

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Despertar en la penumbra: Sin comerlo ni beberlo...
...llegué a ser devorado por las ratas en el D´n´D

Y los aventureros se adentraron en la Fortaleza del páramo sombrío donde librarían mil batallas según los canticos bárdicos de la comarca. Lo cierto y verdad es que libraron varias escaramuzas. Nada más descender los primeros peldaños ya se encontraron con la primera partida de goblines guardianes, que emboscaron a nuestros aventureros a modo de bienvenida.

Sistrachan, como era costumbre y para que ninguno de sus compañeros sufriera un infortunio, detecto las trampas cayendo directamente en ellas, así se metió un buen ostión en un foso lleno de ratas nada más llegar a la primera sala.

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Los goblines dieron bastante quehacer a la expedición, pues aunque eran humillados una y otra vez, siempre había algunos que conseguían escapar para llamar a más refuerzos. En una ocasión, intentando sacar provecho de esto, los aventureros decidieron hacer uso del aceite que previamente habían comprado en el pueblo. Poco falto para que hubieran acabado con quemaduras de tercer grado en el puesto del clérigo local.

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Al final de la tarde una gran avanzadilla de goblines les acorralo en un área de subterráneo donde parecía haber una excavación. Aunque la batalla fue larga y dura, nuestros héroes una vez más salieron victoriosos. No obstante el cansancio les había hecho perder la cabeza y la noción del tiempo hasta el punto de no saber ni a que se habían enfrentado, ni como, ni cuándo como relatan las palabras del propio Sistrachan:

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“La batalla continuaba y los héroes ya ni siquiera recordaban por qué estaban es esa maldita cueva llena de kobolds.

No era momento para dudar y se adentraron aún más bajando unos escalones que les condujeron a una gruta tan oscura que ni los ojos de Thorbirdeoh ni los de Maliforae, acostumbrados a la penumbra podían captar el menor indicio de luz.

Belgaroth encendió su luz y los guerreros pronto se vieron rodeados por ratas que se escabullían de sus ataques entre las estalagmitas.

No parecía un combate complicado al principio pero un moco ocre se arrastró y cubrió de ácido a Maliforae que casi estuvo a punto de morir.

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Las ratas rodeaban a los heroes que podían atacar a distancia y se zafaban de los golpes una y otra vez.

Tras acabar con el moco ocre los compañeros, muy magullados consiguieron dar caza a las ratas y remendar sus cicatrices…"

Tras enfrentarse a las ratas y la Jalea Ocre, decidieron investigar una habitación la cual poseía un cartel de advertencia invitando todo incauto a darse la vuelta y volver por donde hubiera venido.

Esta habitación poseía una especie de lago interior, a modo de desagüe del castillo. En el interior del laguito había una pequeña extensión de tierra que parecía contener algunos objetos. Belgaroth uso su mano de mago para recuperar los objetos, pero esto despertó la ira de una abominable criatura conocida como Cieno Azul.

El grupo sin dudarlo y con menor o mayor acierto le hizo frente. Thorbideoh se hizo el héroe y saltó al islote, donde sería apaleado por toda clase de extremidades cenagosas.

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Sistrachan intentó imitarlo, pero una y otra vez cayó al agua, de donde tuvo que ser rescatado por el resto de sus compañeros. Al final acabaron con el susodicho, con el consiguiente agotamiento de sus últimas energías.

En el tesoro de la criatura encontraron una nota en la cual un tal “Jefe Krand, de los Asaltantes Sangrientos” hacia una oferta para comprar esclavos a Kalarel, para usarlo como mano de obra para sus aliados duergar en la espira del Trueno.

De todas formas tampoco hicieron mucho caso al mensaje, ya que a esas horas de la noche, y después de tanto palo, los aventureros se vinieron abajo como una Derby Variant. Así que decidieron encerrarse en aquel cubículo, confiando en que cualquier otra criatura que pasara por allí, hiciera caso del cartel de advertencia de la puerta, y los dejara echar tranquilamente una siestecita.

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El hombre que susurraba a los Keibolds…
Por Thorbideoth

Bien entrada la mañana, (madrugar nunca fue la mayor virtud de nuestros aventureros…) el grupo llegaba al punto en el mapa marcado como base de los malvados, la sigilosa Maliforae se adentró en la arboleda para reconocer el terreno, y fue realmente inquietante lo que descubrió, un vasto y espeso bosque partido en la mitad por un riachuelo de poca profundidad alimentado por una furiosa cascada. Un viaje de Kobolds (N del T: un puñao grande) merodeaban por la zona discutiendo entre ellos sobre la cría y doma del oso lechuza.

A un gesto de Maliforae, los héroes se aproximaron a la orilla del bosque con la discreción que les caracteriza, advirtiendo a todo bicho viviente o no viviente a varios km a la redonda que habían llegado.

Los Kobolds comenzaron su despiadado ataque contra los aventureros, dejando bastante magullado al feroz Thorbideoh, que ante el extraño estado semi-acartonado en el que se encontraba Sistrashaan tenía que hacer frente a la horda de kobolds solo en el cuerpo a cuerpo.

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Cuando peor pintaban las cosas, Belgaroth, aniquiló prácticamente a todos los enemigos haciendo uso de sus nuevos poderes, dejando sorprendido a todos (incluido el mismo), el resto fue una fácil escaramuza para los héroes, que, en la huida del último hondero Kobold advirtieron como se escurría hacia el interior de la cascada.

Al atravesar la cortina de agua, y después de acostumbrarse a la luz y al olor del interior de aquella caverna, que olía como la entrepierna de un explorador orco, se encontraron con una desagradable sorpresa, un segundo viaje de Kobolds se lanzaba al ataque encabezados por el terrible diente de hierro y un hechicero cuyo nombre ni tan siquiera es digno de mención. Sin embargo el devenir de la batalla fue el mismo que la anterior, al lanzamiento de otro de sus poderosos hechizos, Belgaroth se deshizo de la mayoría de los enemigos, dejando a Diente de Hierro inconsciente para que fuese rematado por Elimut con crueldad infinita, y sin apenas rasguños para los aventureros, tan solo lamentado que el Kobold que había mantenido a Sistrashaan ocupado todo el combate escapara sin apenas oposición del dracónido, que se había sumado a la discusión de como amamantar al oso lechuza.

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Tras una minuciosa búsqueda los aventureros encontraron una pequeña bolsa con una llave que abría un cofre en el fondo de la caverna, en el cual encontraron unas puñetas de oro y plata, una armadura forjada por los enanos, y un mugriento pergamino, en el cual se explicaba que Karalel, el esbirro de Orcus, había abierto una brecha, y que todos los habitantes de refugio invernal morirán…

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De cómo los aventureros salieron de la fortaleza Kobold...
...y se metieron en mas problemas

Tras bajar las escaleras los héroes se tomaron un descanso en una enorme cueva.

Una pesada respiración los despertó de su sueño y poniendo en práctica sus fantásticas habilidades perceptivas, solo superadas por los gatos de escayola mejor pulidos, consiguieron darse cuenta de que a pocos metros de donde se encontraban había un dragón.

Al estar el suelo helado, nuestros aventureros resbalaban sin parar haciendo que, para un observador externo, pudiese parecer que luchaban contra el mismo suelo dada la vehemencia con la que se lanzaban contra él.

Finalmente el dragón que posiblemente fuese familia de Sisstrashan, dado el paupérrimo nivel de su estilo de lucha, fue derrotado y el grupo consiguió hacerse con su botín, una magnifica espada bebevidas que el enano no dudó en adjudicarse. Sin embargo, no todo lo encontrado entre los despojos fue del agrado de los aventureros. Allí había un documento dirigido al dragón, por el que descubrieron que se llamaba Szartharrax. En la carta se instaba a este a prestar sus violentos instintos a una causa superior orquestada por un señor de la guerra goblin, de nombre Diente de Hierro, contra los habitantes de Refugio Invernal.

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Volvieron al pueblo en donde fueron recompensados y de allí, animados por el Barón Stockmer se dirigieron a Refugio Invernal.

Por el camino, los aventureros fueron asaltados por un grupo de kobols, pero salvo algún rasguño, la lucha no tuvo mayor repercusión.

Una vez en su destino, un pequeño pueblucho de no más de 1000 almas, se dirigieron con premura a la casa del Lord local, cual fue la sorpresa de nuestros aventureros cuando uno de los asistentes del Lord les dijo que podrían encontrar a este, probablemente tomando un “piquislabis” en la taberna.

Allí encontraron a Lord Padraig quien tomo nota de sus advertencias y les ofrecio un mapa donde él pensaba que las amenazantes criaturas podrían tener su base de operaciones. Además se ofreció a pagarles unas modestas 100 monedas de oro, pues al ser un pueblo pequeño, la recaudación no daba para más. Ante la cara de desprecio de los aventureros, el Lord les recordó que también podrían quedarse con todo el botín que encontraran.

Mientras que algunos compañeros atendían a las negociaciones con el Lord, Belgaroth y Thorbideoh no concebían otro modo de pasar la noche que no fuese en un coma etílico, y no se sabe bien si por la desinhibición provocada por el alcohol, o por las ganas de los locales de darle la brasa al incauto visitante, supieron de un historiador que podría estar en problemas en un viejo enterramiento de dragón cerca del pueblo.

Sin dudar los héroes se ofrecieron a rescatar al pobre hombre y se pusieron en marcha.
A la mañana siguiente, y de camino a la tumba del dragón, fueron de nuevo asaltados por otra partida de kobols esta vez mejor organizados que en el último encuentro. En cualquier caso, y tras llevarse algunos palos, el grupo consiguió una vez más salir airoso del contratiempo.

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Una vez llegados al lugar vieron a un humanoide de escasas dimensiones revolviendo los huesos protegido por sus dos dracos guardianes (que la extraordinaria vista de Sisstrashan confundió con libélulas). Los héroes no desconfiaron un segundo de las intenciones del individuo, que con pocas palabras se los trajinó para que se acercaran e echar un vistazo, y tenderles una emboscada. Esto cogió a los pardillos totalmente por sorpresa, y con las guardia baja empezaron a recibir una nutrida manta de palos.

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Los aventureros tuvieron, una vez más, que luchar por sus vidas. No hicieron un papel tan ridículo como de costumbre y lograron derrotar a la mayoría de los enemigos, hacerse con el botín y rescatar al historiador que había sido hecho prisionero.

Se quedaron con las posesiones de los saqueadores y notaron que entre ellas se encontraba un extraño objeto que parecía antiguo, una cajita con un espejo. Sin dudar lo llevaron al historiador que, agradecido tras ser liberado, intentó identificarlo… pero sin éxito.

El historiador se sentía en deuda con el grupo que le había devuelto su libertad y tras sustraer la foto de su esposa, les obsequio con un amuleto mágico que protege a su portador.

Viendo que se les echaba la noche encima, decidieron montar el campamento y echar una cabezadita antes de dirigirse a la base de operaciones de los malhechores.

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En la fortaleza Kobold, por Thorbideoh.

Dungeon Master: “A continuación os dejo el relato de los hechos acontecidos en el Salón de los Kobolds, narrados por el joven guerrero enano Thorbideoh, de la Villa de Harken”.

Después de lamerse los flechazos y magulladuras de la escaramuza anterior, el grupo se adentró en lo que parecía una nueva cámara funeraria, de nuevo, mancillada por los repulsivos Kobolds. Observaron, con su perspicacia habitual un gran foso con alguna sustancia fangosa entre cuatro tumbas y al final de la cámara, desde lo alto de un muro con un desvencijado portón algunos Kobolds armados con hondas comenzaron a disparar, mientras otro de ellos aguardaba, con una gran bola atada al techo mediante una cuerda, a algún aventurero temerario o incauto.

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Estratégicamente cobijados como colegialas, el grupo comenzó a hacer frente a sus enemigos a distancia con poca fortuna, además Belgaroth aún preso de los efectos de la zarzaparrilla de la noche anterior la tomó con la cuerda de manera insana (y poco fructífera), espetándole a Elimut, que quería entrar en batalla:
“Anda anda, te va a preocupa de la bola shiquilla! Tu tira pa´lante que yo reviento la cuerda”

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Cuando la joven clérigo sintió el frio metal en sus costillas anotó mentalmente: “a este le va a curar Paco Porras”, sin embargo, este insensato gesto hizo reaccionar a sus compañeros, mientras Sistrasshan recordaba tener una honda, pero no pericia para usarla y el bravo Thorbideoh quedaba paralizado fruto de recibir una pedrada embadurnada con algún mágico mejunje por cubrir a sus compañeros, Maliforae impactaba enemigos con la misma frecuencia con la que se lavan unos pantalones vaqueros, aunque la elfa y Belgaroth parecían más preocupados en descubrir que era la extraña sustancia en el foso, cosa que por supuesto, no consiguieron.

Finalmente unos disparos afortunados consiguieron derrotar a los honderos, permitiéndoles acercarse al muro.

Aun a sabiendas del peligro que le acechaba, el valeroso Thorbideoh escaló el muro para encontrarse de frente a dos terribles Dracos que avanzaron sin dudar hacia él con las peores intenciones.

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Fiero en la batalla, no flaqueando entre dentelladas y zarpazos, y apoyado tímidamente por Belgaroth y Elimut, el guerrero enano consiguió derrotar a uno de los dracos y lanzar al otro desde lo alto del muro en el que se hallaban, donde Maliforae pudo rematarlo gracias a que tras varios intentos Sistrasshan había derribado el frágil portón.

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Un largo pasillo les condujo a una lúgubre estancia con techos altos una construcción central desde la cual volvían a acechar honderos Kobolds y escaleras al fondo y en uno de los laterales. En cuanto el grupo puso el pie en el interior, accionada por algún rudimentario mecanismo, una bola de titánicas dimensiones comenzó a rodar por toda la habitación amenazando con aplastarles y un draco volador atacaba y hería a cuantos aventureros se interponían a su vuelo.

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Aun con la adrenalina por las nubes Thorbideoh se lanza en solitario por el líder enemigo y dos Kobolds con pesadas armaduras, infligiendo graves heridas al brujo enemigo que permitieron a Sistrasshan rematarlo con facilidad. En el lado opuesto, los aventureros pasan por graves apuros, Elimut cae mortalmente herida por múltiples pedradas de los honderos y los ataques del draco volador.

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La bola gigante pisando los talones de Belgaroth hace que el mago-hortelano salga de su estado etílico-sicotrópico, conjurando a sus oscuros dioses pasa a través de la bola y fulmina al draco con sus artes mágicas, mientras Maliforae abate con precisión a los últimos honderos y le proporciona una de las pociones mágicas a Elimut que recuperan a la clérigo.

Tras derrocar a sus enemigos y buscar entre sus maltrechas pertenencias, encuentran un bastón mágico y un pergamino que revela la existencia de una puerta secreta tras el muro que desemboca a una misteriosa gruta.

Abatidos por los golpes pero reforzados por la victoria, el grupo decide descansar por unas horas antes de adentrarse en el angosto pasadizo.

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En busca de un mal mayor

Los compañeros se dirigieron al pueblo con la intención de hablar con El Barón Stockmer y sobre todo curar sus heridas.

Tras descansar un poco y adecentarse se presentaron ante el Barón, que ya ni siquiera recordaba haber mandado al paladín a investigar el asunto, y le contaron con mucha preocupación lo ocurrido en la cueva entregándole el pergamino que probaba que los campesinos estaban siendo raptados para ser usados como esclavos y cómo Sistrasshan pensaba que se habían dado con una trama grande que podría implicar peligro incluso para otras villas cercanas.
- No se hable más – cortó Stockmer al dracónido – si otras villas están en peligro corre a avisar al lord Faren Markelhay de la villa de Cima del Salto .

El dracónido y sus buenas maneras convencieron al lord para qué aceptase compago por las 10 pócimas de curación que había tomado de la armería todo el botín que el grupo había conseguido en la guarida de los goblins (esto sería un mal trato para cualquier grupo de aventureros mayores de 8 años, pero dada la ineptitud de los compañeros a la hora de buscar botín les ahorró 320 monedas de oro).

Serían las 12 de la mañana cuando Sistrasshan decidió pedir las bendiciones pertinentes en el templo y partir hacia la Villa de la Cima del Salto, pero al entrar en el templo una clériga, vestida con una armadura de pieles que dejaba bien poco a la imaginación, se le acercó:

- Tu misión es importante y no tienes ninguna oportunidad de llevarla a cabo si no me llevas contigo.

El dracónido la miró sorprendido. No se puede ir a pelear así, pensaba, mientras miraba a la joven con un claro gesto de desaprobación.

- Sabía que me aceptarías. En mi sueño de esta noche mi dios Behemoth no dejaba dudas. – dijo La hermana Elimut que obviamente no tenía ni idea de cómo interpretar los rasgos faciales de un dracónido.

Con la niña detrás y un poco preocupado por el augurio de fracaso de la joven el paladín pensó que quizás Belgaroth estuviese tan loco como para salir de aventuras con él por segunda vez.

El mago había desaparecido la noche anterior y no fue a ver al lord, el dracónido intuyó inmediatamente que el mago-hortelano estaba prolongando la cena y que lo encontraría en la taberna. Hacia allí encaminó sus pasos y no se equivocó.

Con la cara apoyada en la mesa pegajosa de la taberna el muchacho discutía con un enano, no menos borracho que él, en lo que el dracónido pensó que sería un dialecto de criaturas inferiores de alguna mina recóndita ya que era imposible percibir más que sonidos guturales.
- Bel-roz nmavisahte…
- Iraaa, fuí buhcarte y nabrite ninah. Cagonaaricona
- Htaríanotrolao zcapullo.
- Comoengartargue te vaení connohotro.
- Aroertirón.
- Buenas tardes, amigo Belgaroth. Me gustaría saber si te interesaría acompañarme una vez más en un viaje con pocas perspectivas de supervivencia y nulas de beneficio. Sé que dicho así suen/
- El enano y yo vamos. – Interrumpió el humano, levantándose de un salto.

Incluso con el nivel de borrachera que ostentaba Thorbideoh entendió perfectamente que la propuesta era una locura pero se levantó y pesadamente se puso al lado del mago. No podía quedar como un cobarde.

Todos partieron hacia salto se mata y mientras cruzaban el bosque de Harken se encontraron con los elfos, que a ojos del paladín, parecian algo afeminados.

El jefe de los elfos se acercó al grupo y preguntó por la razón de tan varió pinta reunión. Sistrasshan confiado le contó con pelos y señales lo ocurrido en la cueva y la misión que el Barón les había encomendado.

El jefe de los elfos, cuyas delicadas maneras escamaron literalmente al dracónido, entendió el peligro que podía significar para el equilibrio natural tener a un grupo de kobolds merodeando por el bosque e insistió en que una de los suyos se uniera a la compañía (para ayudar y para enterarse bien de todo)

El paladín aceptó la ayuda de buen grado y de entré el grupo de elfos se escurrió una pequeña elfa que obviamente se había dedicado a cultivar más su destreza que su apariencia.

Maliforae era, como había prometido el jefe elfo, toda una guerrera. Quizás la mejor preparada para la lucha de todo el grupo.

Todos juntos se dirigieron hacia Cima del Salto y allí consiguieron audiencia con Faren Markelhay que, estando sobre aviso les indicó dónde debían dirigirse, les prometió 100 monedas de oro por cada kobold muerto y una recompensa aún mayor si conseguían traer pruebas de haber erradicado la amenaza matando al líder.

Los compañeros acostumbrados al miserable de El Barón Stockmer casi no podían creer la magnitud de la recompensa, aunque por otro lado serían más a repartir.

Nimozaran el Verde, color que a Thorbideoh le causaba cierto desasosiego (quizás por algún trauma de su niñéz) les confirmó sus sospechas y les abrió un portal que les condujo directamente hacia la antigua fortaleza.

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Una vez allí tuvieron una pequeña escaramuza en la entrada.
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Tras deshacerse de los primeros vigías descendieron un nivel y se encontraron con una habitación llena de tumbas y un altar a Tiamat.
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Lograron llegar al otro lado pisando tantas trampas como encontraron en su camino completamente incapaces de intuir dónde se hallaban.
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Finalmente y tras un pequeño descanso se dispusieron a continuar un nivel más abajo.

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En la guarida de los goblins

El viejo Kellar no paraba de importunar a El Barón Stockmer que, harto de escuchar la voz cascada del enano, decidió mandar al soldado que más asco le daba a que lidiara con el.

Un personaje con su abolengo y prosapia no debería de tratar con dracónidos ni enanos… si tan solo su padre hubiera sido mejor guerrero y hubiese conseguido mejor feudo ahora su vida sería mucho más relajada… Odiaba a su padre pero no más que al asqueroso Sisstrashan. Sus escamas le daban repelús.

Sisstrashan recibió la orden con alegría, normalmente solo recibía elusivas del barón. Si no fuese por que su padre luchó hombro con hombro con el padre Stockmer estaba seguro de que el humano se desharía de él. Estaba deseando de entrar en acción y desentumecer sus músculos.

Se reunió con Kellar y entre los dos recorrieron el pueblo entero buscando ayuda para limpiar la cueva de los goblins pero no tuvieron suerte. Unos ya tenían plan para esa noche, otros estaban aterrados sin atreverse a salir de sus casas debido a los raptos que se habían producido últimamente.

Desesperados se dirigieron a la taberna y se encontraron con Belgaroth. Un campesino con cierto interés en las ciencias arcanas que dado su estado de embriaguez no tardó en unírseles.

Entraron en la cueva haciendo tanto ruido como era posible con sus armaduras y los goblins que la habitaban se lanzaron contra ellos para defender su guarida.

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Consiguieron deshacerse de los guardianes de la entrada y tras remendar sus heridas se adentraron aún más en la cueva.

En el salón encontraron a un chamán goblin que no tardó en rociarlos con hediondos hechizos y una nube de aire helado que entumecía el cuerpo y la mente.

Shistrashan fue cegado un par de veces por los ataques del mago y al final cayó inconsciente presa de los ataques de las ratas gigantes a igual que Belgaroth, que no pudo soportar las rociadas ígneas de los escarabajos de fuego.

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El chamán logró escapar y el viejo Kellar ayudó a los miembros a restablecerse. Entre los tres lograron matar a las ratas, los escarabajos y los goblins que quedaban en la habitación.

Abrieron la siguiente puerta y se encontraron con otro mago y un enorme animal entre rejas.
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Por los pelos consiguieron acabar con todos y encerrarse dentro de la jaula del wargo para, evitando dentelladas, que Belgaroth con sus misiles mágicos acabase con él.

Antes de volver a la ciudad descansaron y se comieron unas exquisitas chuletitas de perro gordo.

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Además encontraron un pergamino que ordenaba a los goblins raptar a los humanos del pueblo para usarlos como esclavos. A ver qué cara pone el Barón Stockmer cuando sepa que la villa está bajo una amenaza de este calibre.

Si no conseguimos que alguna persona más de la villa se una a nuestro grupo no tendremos ninguna oportunidad, pensó Sisstrashan mirando al decrépito Kellar…

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Problemas en la villa de Harken

Una partida de goblins tiene atemorizada La villa de Harken. Sisstrachán a las ordenes de El Barón Stockmer busca voluntarios para poner solución al problema.

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