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A trancas y barrancas

Y a continuación se puede leer el relato de aquello que los aventureros, después de muchas batallas, consiguieron recordar. Porque aunque hábiles con las armas eran, no tanto así con la pluma. Y muchas de sus acciones más trepidantes han quedado olvidadas en lo más profundo de aquella decrépita fortaleza. Además, seguro que todos esos golpes en la cabeza han borrado alguna memoria que otra. Y cuando no se trata de la amnesia se trata de pasajes no agradables de recordar. Como cuando Thorbideoh dijo: “¡¡AAAaagh!! Aquellas apestosas y repugnantes criaturas reptilianas. No me las recuerdes Sisstrachán… ¿Por qué me miras así…?”

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Y por muchas horas más los héroes continuaron su empresa. Tras deambular por la fortaleza subterránea durante un par de horas llegaron a lo que parecía ser una cripta. Un revoltijo de pasillos se abría a diestro y siniestro en lo que parecía ser un laberinto infectado de criaturas inertes… pero no inanimadas. Afortunadamente para la compañía, la devoción de la hermana Elimut, y la fe de Sisstrachán les obsequio con energías divinas que canalizaban hacia el ser maligno de los zombies, dejándolos por fin en eterno descanso.

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El resultado del amasijo de corredores les llevó a una habitación con sarcófagos de piedra. Al fondo se vislumbraba una puerta, también pétrea. Cuando los aventureros atravesaron la estancia, una legión de esqueletos les salió al paso, agarrando varios de ellos al infortunado Sisstrachán. Maliforae, en la que era su peor tarde intentó ayudar al dracónido, no haciendo otra cosa que clavar sus flechas en las escamas de este.
Al final, la contienda se resolvió cuando descubrieron que al fondo de la habitación esta se ensanchaba a ambos lados, dejando al descubierto un par de altares con inscripciones en dracónido. Y es que entonces a uno de los aventureros, vete tú a saber quién fue, se le ocurrió hincar las rodillas y suplicar a la divinidad pertinente que por favor dejara de enviarle más esqueletos del inframundo y lo dejara tener un poco de paz.

Pero la paz no duró mucho, pues más allá de la puerta de piedra descubrieron a una siniestra criatura. Nada más y nada menos que al espíritu de Sir Keegan que todavía habitaba los restos de su esquelético cuerpo enfundado en una armadura completa. Afortunadamente el espíritu sintió la bondad de los aventureros tras someterlos a algunas pruebas verbales. Al final, hasta les obsequio con la espada Aecris como ayuda para su misión, no sin antes soltarles una buena chapa en la que descubrieron la historia de la fortaleza y como fue destruida cuando el alma de Sir Keegan se corrompió y traicionó, además de rebanar el cuello, a todo aquel que le rodeaba.

Pocas opciones les quedaban por explorar cuando descubrieron un camino que se adentraba mas aun en el subsuelo. Lo que parecía un nuevo nivel comenzaba por una habitación custodiada por Hobgoblins. Este tipo de criaturas, el que las conoce bien, es sabedor de su elevada inteligencia que los distingue de otros goblinoides. Al detectar la entrada de los aventureros no entraron en cólera y con aparente tranquilidad preguntaron a los heroes por el santo y seña.

Sisstrachán debió confiar es su fe divina para que tal vez iluminara su mente con la contraseña, y lo primero que se le ocurrio fue: “Comerme la polla” a lo que los guardias respondieron desenfundando sus armas.

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La escaramuza duró lo suyo, y los incursores recibieron palos hasta en el cielo de la boca, por lo que a pesar de terminar la lucha exitosamente decidieron retirarse para poder luchar otro día. Las heridas eran múltiples y serias. Volver a Refugio Invernal y pedir asilo era su única opción.

Pero cuando llegaron al lugar, Lord Padraig les había chapado el pueblo. Les advirtió que no les dejaría pasar hasta que el mal se hubiera ido. El mal se trataba de docenas de muertos vivientes que cobraban vida en el cementerio.

Los aventureros, bastante disgustados con el Lord de dispusieron a terminar con la amenaza y se internaron en el cementerio. Allí además de encontrase con los susodichos fiambres en mal estado se encontraron con dos viejos conocidos: la elfa chunga de la taberna, y el mediano del cementerio de dragones. Una vez más, y no sería la última se liaron a ostiazos mandando al más allá tanto a los cadáveres inquietos como a la elfa y al mediano que parecían ser los responsables de aquella alteración al orden público en los alrededores de Refugio Invernal.

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Entre los restos de los perdedores solo encontraron algunas monedas de oro y el siguiente pergamino:

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Ahora los aventureros han reposado unas horas y remendado sus heridas, y están listos para volver a la fortaleza y darle lo suyo al malvado Kalarel.

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