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El mago redivivo

Abro los ojos y distingo sobre mí la beatífica faz de la hermana Elimut. Ya no siento esa opresión en la sien, de cuando el golpe del mago adversario me hundió el parietal izquierdo, mi último recuerdo es la curva descrita por su cayado.

Y vuelvo a experimentarlo, un cambio sutil en mi esencia, una transformación de mi carácter con cada retorno de la muerte. No puedo compartirlo con mis compañeros, no lo entenderían. No entenderían que un mago no lee de su grimorio todos los días para aferrarse a unos míseros conjuros, sino para no olvidar quién es. En una existencia imbuida de magia – “¿existirán otros mundos en que la magia no se inmiscuya con las criaturas, o esté del todo ausente? ¿Quién lo sabe?” – la identidad se lava como los minerales, la ganga de la individualidad se esfuma y acaba por perfilarse la mena, la esencia debida a algún dios o a la simpatía universal.

Me recompongo, limpio las manchas de sangre de mi rostro y mis manos, reconozco con esfuerzo al enano, la elfa, el dracónido y la clériga, trato de acostumbrarme al desfase, de aparentar que sigo siendo yo, Belgaroth el mago; me interpreto a mí mismo según lo que ellos creen conocer de mí, no quiero dejar de resultarles familiar. En las ocasiones anteriores, he recurrido al vino para sobrellevarlo. ¿Tendré ahora la fuerza de voluntad para arrostrar esta experiencia con la mente despejada de nieblas alcohólicas y el pulso firme? Debería de ser capaz, puesto que la inconsciencia ha sido lo que nos ha reportado la calamidad más reciente: regresar a la fortaleza y pretender acceder sin contratiempos diciendo la contraseña, como si los ocupantes fuesen a permanecer ajenos a la escabechina que realizáramos anteriormente, fue un acto necio y nos precipitó en una encerrona. Afortunadamente, la hermana Elimut nos alertó en el último momento haciendo gala de sus capacidades empáticas, y luego de una cruenta e interminable lucha pudimos acabar con lo que al parecer era el resto y a la par más temible parte de la guarnición del detestable Karalel.

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“En cuanto nos hayamos restablecido, daremos cuenta de ese insensato, y sus huesos calcinados marcarán el lugar donde se estrellaron sus pretensiones” – Animo al grupo. Y, trazando en el aire un sigilo poderoso por más que popular, lo nombro: – “Viva-el-Betis…”

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